Mucho se ha hablado estos días de la situación excepcional por COVID-19 que vivimos y he de reconocer que llevo desde que empezó esta situación de confinamiento leyendo interesantes reflexiones de mucha gente en artículos, periódicos, etc.

No sé si por el confinamiento en sí o por la situación histórica ante la que estamos, pero no me cabe duda de que son tiempos productivos para re-pensar muchas cosas.

En este sentido, el de re-pensar, llevo tiempo dándole vueltas a un tema que quiero compartir con vosotros y vosotras. Este de la cultura de la efectividad y la mentalidad de pensamiento a corto plazo que conlleva.

Hasta hace unos meses, todo nuestro mundo estaba pensado desde la cultura de la efectividad. Todas las decisiones, las reflexiones, de políticos y ciudadanos estaba pensadas con las gafas de si era o no era efectivo.

Esta efectividad era medida en términos de, por supuesto, dinero, ganancias, y en corto plazo. Y todas las decisiones se justificaban en relación a esta vara de medir.

Si echamos la vista atrás, a la crisis de 2008, por aquel entonces todo el debate de por ejemplo la sanidad se centraba en términos de la efectividad o no, de invertir dinero en ella y claro… no rentaba. Y, ojo, hablo de políticos, pero hablo de ciudadanos de a pie. Todos cuestionábamos y argumentábamos que la sanidad pública no era sostenible y no era sostenible porque los beneficios, en dinero y a corto plazo, eran imposibles.

De locos nos tildaban a aquellas voces que osábamos decir que cosas como sanidad y educación no estaban para ganar dinero, no debían ser efectivas, debían ser de calidad. Y tener calidad, implicaba “perder dinero en ellas”. Poco menos que de comunistas, utópicos, poco realistas, fantasiosos, vivir en la irrealidad, etc., nos tildaban a los que planteábamos estas cuestiones.

Y es que la mentalidad de la efectividad, no dejaba, por aquel entonces, salir de los paréntesis de ese pensamiento hegemónico centrado en qué merece la pena hacer y con los beneficios como única medida para valorar la inversión.

Como en la excelente película “El lobo de Wall Street”, todo es una “firfla”, no es real.

Lo único que interesa, es que la rueda del dinero siga girando. Mientras la rueda gira, nada nos importa, porque es efectivo. Y es efectivo, porque ganamos dinero. Y esa, es nuestra única responsabilidad. Todo está supeditado: la ética, la moral, el bienestar, … a ganar o no ganar dinero.

Con esta mentalidad “cortoplacista”, a nadie le importaban de verdad los recortes en sanidad, en educación. Mientras el dinero circulaba, empeorar progresivamente nuestro sistema sanitario era justificable porque permitía que el dinero siguiera circulando. Nadie pensaba a largo plazo:

¿y si en unos años hay una pandemia y necesitamos un sistema sanitario fuerte?

Con la cabeza gacha y metidos en un agujero deberían estar muchos de aquellos políticos (y ciudadanos) que en aquel entonces enarbolaron la bandera de esos recortes. Pero no sólo no lo están sino que se sienten con la altura moral de “defender la sanidad pública”, de decirnos a la cara y sin pudor, que ellos tienen la receta para hacer las cosas bien…

Con esta mentalidad “cortoplacista”, a nadie le importaba que todas las fabricas mundiales estuvieran localizadas en un país (y en uno como China). Cuando a alguno se nos ocurría elevar la voz y plantear que las empresas no deberían localizar sus fábricas en China, nos volvían a tildar de locos, de comunistas, de utópicos. Porque, lógicamente, en China era más barata la mano de obra y claro… el mercado es el que manda, el mercado es libre, no se debe intervenir… y si la mano de obra es barata y permite mayores beneficios, eso lo justificaba todo. Daban igual las condiciones de los trabajadores en China. Nadie pensaba:

¿oye y si pasa algo en China? ¿no nos quedaremos sin la fábrica mundial todos?

Porque nadie pensaba a largo plazo, nadie.

Y nadie lo hacía, porque lo único que interesaba era que la rueda siguiera girando: cuantos más beneficios mejor. Sin ética, sin moral, … pero sobre todo sin pudor ninguno, y hablo de los ciudadanos y ciudadanas, teníamos pudor en declarar abierta y públicamente que lo único que nos importaba era el dinero y cuanto antes nos llegara, mejor.

Con esta mentalidad “cortoplacista”, a nadie le importaba que España tuviera un sistema económico basado en el turismo y el sector servicios. Gobiernos de todos los signos políticos han tenido la oportunidad de lleva a cabo medidas para cambiar el modelo económico de este país. Y ninguno lo ha hecho, porque la rueda no se podía parar… no se quería parar. Nadie se atrevía a ser recordado como el gobierno que parara la fiesta de la circulación del dinero. Igual que ahora con la pandemia de COVID-19, todos los gobiernos han aplazado hasta el último minuto el tomar medidas de confinamiento para no parar la rueda.

Nadie quería ver que un país moderno no puede basar su economía exclusivamente en el turismo o en el ladrillo. Todos sabíamos antes de la crisis de 2008 que la burbuja inmobiliaria iba a explotar en algún momento, pero nos daba igual, mientras la rueda siguiera girando:

“ya veremos cuando explote, pero ahora ganamos dinero”

Y claro, ahora con una pandemia que se antoja larga: necesitamos una sanidad en condiciones, necesitamos un sistema económico diverso para paliar los sectores que tarden más en recuperarse, un sistema económico no focalizado en el sector que probablemente tarde más en recuperarse de esta situación, necesitamos investigación (¡ahora! Tócate las narices… después de años de abandono) … pero claro, ahora es ya muy tarde. Porque todas estas cosas, las que de verdad importan no se cambian en corto plazo, requieren previsión, requieren inversión (lo que algunos llamaban en 2008 tirar el dinero) … requieren, en definitiva, pensamiento a largo plazo y requieren que la única medida de todo no sea el dinero.

Algunos dicen que esta pandemia lo va a cambiar todo. Yo soy pesimista, creo que al igual que después de la crisis de 2008, el sentimiento que los poderes tienen es únicamente las ganas de volver a hacer lo mismo que se estaba haciendo: que la rueda siga girando y mientras la rueda gire, todo es justificable… todo. Sin escrúpulos, sin moral… sin vergüenzas.

Y nosotros, los ciudadanos volveremos a esta mentalidad cortoplacista y justificaremos lo injustificable y daremos soporte a sus discursos y permitiremos, siendo cómplices, que la rueda siga girando y que el dinero pase de nuestros bolsillos a los suyos… como siempre. Y si viene otra situación como esta, dios no quiera, seremos también cómplices de todo lo demás. Pero mientras dure la crisis, sea la que sea, todos argumentaremos que lo sabíamos, que nosotros sabíamos y sabemos cómo hacer las cosas mejor, somos, los ciudadanos de a pie, expertos, eminencias a posteriori.

Cuando lo que en realidad somos, permitidme, es cómplices permanentes. Y lo que veo durante toda esta crisis de COVID-19 en las redes sociales con tanta declaración, tanta crítica a los políticos, tantas recetas, tanta indignación, … es irresponsabilidad -si me apuras cierto sentimiento de culpabilidad-.

Seguir echando balones fuera, porque es más fácil culpar a los políticos, todos son iguales, que a nosotros mismos por consentirlos y mantenerlos.

Es más fácil ver la paja en el ojo del vecino, que la viga en el nuestro.

Algunas de las cosas que he leído durante este tiempo y me han gustado

Foto de: Matheus Frade