El problema de la selección inicial

Después del post que publiqué hace tiempo dando mi opinión sobre el TT #UnidosVsMagisterio, estaba claro, viendo los comentarios que me hicieron al post, que el siguiente artículo iba a tratar sobre el tema de la selección inicial de los profesionales. Es decir, de cómo seleccionar a aquellas personas que acceden a una carrera universitaria.

Si bien quiero dejar claro que esta es una problemática común para todas las carreras universitarias, yo me voy a centrar aquí en el magisterio. Más que nada porque es el campo en el que trabajo.

Bien, he leído muchos comentarios sobre la importancia del magisterio como profesión –con todo ese discurso añadido de que van a educar a las futuras generaciones- y la necesidad, por lo tanto de que sólo entre el alumnado mejor preparado. La consecuencia natural de esto es, según este discurso, subir la nota de corte y listo, arreglado el asunto.

Si bien esto puede parecer lógico y natural. Vamos a pararnos un momento a analizarlo detenidamente.

En primer lugar, he de confesar que suelo desconfiar de todos aquellos discursos que ensalzan la “excelencia” y que hablan de “los-as mejores”. Es un discurso pegadizo, he de reconocerlo, pero siempre me asalta la incertidumbre de quién y cómo y con qué criterios, seleccionan a los-as mejores. Y eso… eso ya me asusta.

En segundo lugar, hay varias cuestiones que hay que tener en cuenta aquí:

La primera de ellas es que es de fácil comprensión que la nota de selectividad, la nota de corte de acceso a una carrera, no tiene nada que ver con las buenas o malas cualidades que tenga el alumnado para ejercer una profesión, en nuestro caso magisterio.

Para aquellos-as que estéis pensando: “hombre pero garantiza una preocupación por estudiar, una cultura del esfuerzo…”, siento deciros que eso no garantiza tampoco que sean buenos maestros-as. Para ser un-a buen maestro-a hacen falta muchas cualidades: toma de decisiones, empatía, solución de problemas, … no creo que ninguna de ellas tenga que ver con la capacidad de esfuerzo.

De hecho, por mi experiencia, podría decir que en muchas ocasiones es lo opuesto. A lo largo de mi vida como profesor, me he encontrado a muchos-as estudiantes que eran académicamente brillantes y que luego eran incapaces de diseñar y llevar a cabo una actividad interesante y educativa con su alumnado.

Por lo tanto, si subimos la nota de corte para magisterio, conseguiremos que entre menos alumnado, pero no mejor. Es más, existe un alto riesgo de que dejemos fuera de la carrera a gente que podrían ser excelentes maestros-as, ya que no los seleccionamos en función de ningún criterio coherente con lo que significa ser maestro-a.

Esto nos lleva directamente a la segunda cuestión: si la nota de selectividad no ayuda, hace falta buscar otros criterios, otras pruebas, etc. que sí ayuden a seleccionar a los-as mejores maestros-as.

Bien aquí tenemos otra afirmación que en un principio parece lógica, pero que tras pensar un rato, deja de serlo.

¿Cuáles son esos criterios? De una forma muy práctica y concreta ¿qué examen/prueba/test les ponemos para acceder a magisterio que garantice que entren los mejores? Cuáles son, porque siquiera la comunidad psicopedagógica ha acertado a ponerse de acuerdo en cuáles deben ser las cualidades, aptitudes y actitudes de un buen maestro-a.

Insisto, ¿qué pruebas? Qué pruebas, porque a menudo se reclama que el alumnado que entre al magisterio tenga mucho… de algunos conceptos… muy abstractos. ¿Cómo medimos la vocación? ¿El compromiso? ¿la dedicación? ¿la empatía? ¿La ilusión? ¿las ganas?… y así podría continuar con una lista infinita de conceptos abstractos que se asocian a lo que debería tener un-a buen-a estudiante de magisterio según la cultura popular. Sin mencionar, la peligrosidad de medir términos tan subjetivos. ¿Te imaginas que alguien pudiera decidir nuestro futuro profesional en función de lo que él opine de nuestra vocación -y sin manera objetiva de probar dicha medida, por supuesto-?

Por no hablar de que muchos-as encontramos la “vocación” en la carrera (fue mi caso) y eso es parte también del trabajo en las facultades: ilusionar.

Además está el problema teórico: yo puedo tener mucha vocación, pero no tener ni idea de cómo diseñar un actividad educativa (en esto insistimos mucho en clase, nos referimos a eso como “el buenismo”) que diferenciaría a un maestro-a con mucha vocación de cualquier otro incompetente?. Nada. La vocación no garantiza que seamos buenos profesionales, como mucho facilita que nuestro trabajo sea más llevadero.

También cabe destacar que yo cuando llamo a un fontanero, no le pregunto por su vocación, me da igual. Lo que le pido es que haga su trabajo bien, profesionalmente. Igual me pasa en magisterio. A mi me gusta más el término profesionalidad (pero esto es cuestión de gustos. Si queréis ahondar en esto publique en post sobre el tema hace tiempo).

A esta imposibilidad real de medir ciertos conceptos que “parecen” necesarios para ser un-a buen-a estudiante de magisterio, hay que sumarle dos problemas:

Uno de ellos es el peligro que esto conlleva, dice mi amigo @miguelsola69 siempre que hablamos de este asunto:

¿te imaginas que alguien pudiera decidir nuestro futuro profesional en función de estos criterios abstractos y sin pruebas objetivas?

Y tiene más razón que un santo, cada vez que lo pienso, literalmente… me acojono. Imaginaos que alguien pudiera no dejarnos estudiar magisterio, o echarnos de su ejercicio porque “en su opinión” no tenemos ilusión, vocación, empatía, compromiso, pasión, … ¿a que acojona?… pues eso…

El otro problema añadido es ¿qué pasa con esa gente que encuentra todas esas cosas durante la carrera? Yo, a parte de decirlo porque fue mi caso, lo pregunto porque, ¿no es esto también parte de nuestro trabajo como docentes? ilusionar y ofrecer perspectivas con las que el alumnado de magisterio pueda ilusionarse, apasionarse, etc.

Parece que el asunto de la selección inicial es más complicado de solucionar que todo eso. Y eso explica porque lleva discutiéndose este asunto durante tanto tiempo, y me da que va a seguir discutiéndose, y que va a ser difícil solucionarlo de una manera coherente.

Mientras tanto, a mi me pagan por hacer los mejores cestos que pueda con los mimbres que tengo. Es decir, conseguir que mi alumnado, a parte de estar formado en conocimientos teóricos y que sepa cómo utilizarlos en su futura práctica, se ilusione, se apasione y se comprometa con una profesión, la del magisterio, que adoro.

Es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo. Y a esto nos dedicamos muchos-as compañeros-as todos los días en las facultades.

La única garantía que tenemos de que salgan buenos maestros-as de las facultades de magisterio, es trabajar con el alumnado para que lo sean. Lo demás, es literatura, o peor, selección social disfrazada de lógica aplastante.