Innovación educativa: No es oro todo lo que reluce

En los últimos tiempos nos estamos viendo arrastrados en una vorágine de incluir todo lo que sea digital en las aulas: ordenadores, pizarras digitales, webs, campus virtuales, programas de ordenador “educativos”, … Todo ello en pro de la innovación educativa.

El problema de todo esto es que la mayor parte de las veces, supone un cambio de instrumentos, pero rara vez de prácticas -mucho menos de ideologías o de pensamiento docente-.
Y es que en esa búsqueda de la varita mágica para la educación, nos hemos acostumbrado a entender que la innovación y la calidad de ésta viene en los instrumentos y no en cómo los usamos.
El ejemplo más claro de esto son las pizarras digitales, en la mayoría de los casos usadas con el mismo fin expositivo que las de toda la vida.
O los centros TIC, cuya gran cantidad de ordenadores –salvando honrosas excepciones- se usan para tomar apuntes (como libretas) o hacer actividades JCLIC, esas actividades que son como las del libro de texto de toda la vida, pero en formato digital y que se autocorrigen solas (¿habrán proliferado tanto por esto?)

¿Qué es entonces innovar en la escuela?

Conviene aclarar que el término innovación educativa está muy desgastado por su uso indiscriminado y debido en gran parte a eso, resulta muy difícil acotar qué es y en qué consiste.
En primer lugar el término innovación, proviene de otras áreas de conocimiento diferentes a la educación, normalmente de aquellas áreas tecnológicas. En estas áreas, resulta muy fácil y claro definir qué es innovación como cualquier cambio que produzca mejora. Por ejemplo, si somos capaces de introducir un sistema de montaje en cadena que fabrica el mismo producto, con la misma calidad, pero en menos tiempo, eso sin duda es una innovación. En estas áreas la palabra innovación tiene que ver sobre todo con la eficacia (conseguir el mejor resultado posible con el menor esfuerzo).
Pero esta definición deja de ser válida, clara, cuando nos movemos en el campo educativo: ¿cuál es nuestro producto? ¿es tangible, como puede ser fabricar coches? ¿cuáles son los mejores resultados? ¿qué significa mejora? Podríamos decir que, un cambio que consiga que nuestro alumnado obtenga mejores notas es innovación, pero ¿las notas tienen que ver con el aprendizaje? ¿la finalidad de la educación es que nuestro alumnado obtenga mejores notas? ¿Obteniendo las mejores notas está más preparados para la vida?

La dificultad de dar respuestas a estas preguntas hace que, definir innovación en educación resulte bastante más complicado. Esto sin mencionar que el significado de mejora, deja de ser universal cuando entramos en el campo de la educación.
Mientras que es fácilmente comprobable qué coche es mejor con respecto a otro, esto no ocurre en educación. Lo que nuestro querido ministro Wert entiende por “mejorar” la educación: disciplina, esfuerzo, memorización, que solo lleguen los mejor preparados (que casualmente todos sabemos quiénes son),… Nada tiene que ver con lo que entendía Dewey, J., Stenhouse, L., … u otros teóricos de la educación.

Por lo tanto, ¿qué es innovación educativa? La clave para nuestra área de conocimiento, es entender que el concepto mejora, no tiene que ver con productos tangibles, sino con conceptos abstractos y por lo tanto, no medibles, como: aprendizaje, participación, justicia social, actitud crítica, etc.
Esto hace que tengamos que dejar de fijarnos en los productos, que nunca nos darán indicios de mejora, para centrarnos en la calidad de los ambientes de aprendizaje que preparamos para nuestro alumnado (esto es esa cantinela pedagógica que nos hemos inflado de leer sobre tener en cuenta el proceso).
¿Cómo sabemos si nuestras actividades son de más calidad y por tanto, más innovadoras? Para ello, sólo tenemos que acudir a la investigación de las áreas de conocimiento que confluyen en educación: Psicología, pedagogía, ética, filosofía, etc.
Si nuestras actividades son acordes con lo que estas ciencias han ido desarrollando en los últimos años, mayor calidad tendrán, más ricos serán los procesos que en ellas se den con nuestro alumnado y por tanto, más cerca de la innovación educativa estarán.
Por ejemplo, yo como docente, puedo estar convencido de que cuanto más temas les de a mis alumnos-as para que los memoricen, más los estaré preparando para la vida fuera del aula. No obstante, la investigación desarrollada por la psicología del aprendizaje, demuestra que aprender nada tiene que ver con memorizar, sino que tiene que ver con la transformación de estructuras mentales, con cambiar la forma en que una persona tiene de ver las cosas y que, por lo tanto, cambie, mejore, la forma en que realiza una práctica –real y de su vida cotidiana- concreta.

La escuela tal y como la conocemos lleva, prácticamente inalterable, desde que se creó . Por lo tanto, debemos saber buscar, qué es lo que merece la pena cambiar en ella, acorde al desarrollo de conocimiento en nuestro ámbito, y llevar a la práctica esos cambios.
Esto, es innovación educativa y para llevarla a cabo desde esta perspectiva, más que ser creativos, imaginativos, usar mucho los ordenadores o tener mucha vocación, lo que prima es estar formados, muy bien formados.

Manuel Fernández Navas

Actualmente profesor de Didáctica en la UMA. 6 años como profesor de Didáctica en la UCA. Apasionado de la educación.

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